La noticia del fallecimiento del patriarca Harroway sacudió los cimientos de la alta sociedad de Chicago con la fuerza de un sismo silencioso. Todos se enteraron de que el hombre falleció, que dejó un gran legado y que sus restos serían dejados en el panteón familiar. Sería una reunión de familia y allegados, y las personas más cercanas de la familia comenzaron a dejar flores en su casa.
Dante, pese a la guerra encarnizada que mantenía con el resto del clan, siempre guardó un respeto reverencial por la integridad del anciano y por el prestigio que seguía a su apellido. Sin embargo, en la mansión Ashworth, los preparativos para el funeral no trajeron luto, sino un nuevo y afilado campo de batalla.
Las paredes de la alcoba principal, revestidas de seda gris, parecían estrecharse mientras Dante anudaba su corbata de seda negra frente al espejo. Sin importar lo que Olivia pensara, Dante presentaría sus respetos al viejo de la familia, y esperaba no llevarla. Dante sabía que Karina estaría