La tarde agonizaba sobre la costa, y el cielo se tiñó de un rojo escarlata que evocaba la herida abierta en el pecho de Karina. El aire olía a tormenta y algas muertas, y Karina había llorado hasta que sus ojos se secaron y su alma se liberó por completo. Ella permanecía estática en el pórtico, con la mirada perdida en el horizonte donde el sol se ahogaba bajo las olas. Luciano se acercó con sigilo y depositó una manta de lana gruesa sobre sus hombros.
Luciano volvió a la vida de Karina después