La tarde agonizaba sobre la costa, y el cielo se tiñó de un rojo escarlata que evocaba la herida abierta en el pecho de Karina. El aire olía a tormenta y algas muertas, y Karina había llorado hasta que sus ojos se secaron y su alma se liberó por completo. Ella permanecía estática en el pórtico, con la mirada perdida en el horizonte donde el sol se ahogaba bajo las olas. Luciano se acercó con sigilo y depositó una manta de lana gruesa sobre sus hombros.
Luciano volvió a la vida de Karina después de todo lo que ella le hizo, y por primera vez Karina comprendió que Luciano era el mejor humano que podía conocer. Luciano no solo era perfecto, sino que era la persona que más paciencia le tenía. No la juzgaba, no se enojaba con ella y de ser posible la amaba cada día más.
Él ocupó un lugar a su lado, respetando ese espacio de silencio que solo los verdaderos aliados saben guardar. Tras unos minutos de quietud asfixiante, el hombre inhaló el aire salino y rompió la calma con una solemnidad qu