Karina no pudo sostener más el silencio. El secreto pesaba más que su vientre, y era una losa que le aplastaba los pulmones cada vez que intentaba dormir. Se dijo a sí misma que Dante no querría saber de ese hijo, pero ella no podía dormir sin saber de él. Karina estaba segura de que Dante los aceptaría, y si no, marcaría un antes y después en su vida para siempre. Solo necesitaba sacarse eso de la cabeza y el pecho, para poder seguir con su vida.
Una tarde, con el pulso acelerado por una determinación desesperada, condujo hasta el rascacielos de Ashworth Enterprises. El edificio se alzaba como un monolito de cristal y acero, frío e impenetrable, igual que su dueño. Karina miró el enorme edificio como si fuese lo único que los separaba, y no Olivia.
Al llegar, el recepcionista se puso en pie con la intención de cerrarle el paso por órdenes directas de Dante, pero ella lo ignoró.
—¿Se te olvida quién soy? —preguntó Karina—. Yo te di trabajo.
—Lo siento mucho, señora, pero son órdenes d