El aire se tornó denso, cargado con esa electricidad estática que precede a las catástrofes o a los milagros. En dos escenarios opuestos, separados por el privilegio y la verdad, el tiempo se detuvo para ceder el paso al misterio más antiguo de la humanidad.
En la clínica privada más exclusiva de Chicago, los gritos de Olivia fracturaban el silencio de los pasillos de mármol. El dolor del parto era atroz, parecía que la partían por la mitad. El final de su embarazo resultó un calvario de complicaciones, y el parto no fue distinto. Olivia, con la piel empapada en un sudor frío y los capilares de los ojos reventados por el esfuerzo, lanzaba maldiciones contra las enfermeras mientras suplicaba por una dosis mayor de anestesia para que el dolor fuese menor al que sentía.
En la sala de espera, Dante caminaba con la agitación de un depredador enjaulado. No había bebido desde la noche anterior, cuando su esposa entró en labor de parto. Se sentía como un drogadicto en abstinencia, pero la fal