La ciudad de Chicago ostentaba una nueva soberana, o al menos eso dictaban las crónicas de sociedad que circulaban en los clubes más exclusivos. Dante Ashworth cumplía su promesa con la precisión de un mecanismo de relojería. Hizo oficial su relación con Olivia Neely, exhibiéndola en galas benéficas, estrenos de ópera y cenas de alta alcurnia como su futura esposa.
Olivia habitaba un sueño febril del que no deseaba despertar. Estaba en glamour y dinero. Se paseaba por la mansión que antes perteneció a Karina con un aire de triunfo, durmiendo entre sedas importadas y saturando los armarios con vestidos de diseñadores que, meses atrás, ni siquiera le habrían dirigido la palabra. Sin embargo, al caer la noche, cuando el resplandor de los flashes se extinguía, una inseguridad corrosiva le devoraba las entrañas.
—Dante, ¿cuándo fijaremos la fecha? —preguntó ella mientras observaba cómo él se desataba la corbata frente al espejo. Sus ojos buscaban un rastro de afecto, pero él ni siquiera le