Veinticinco años después.
El despacho de Amancio estaba iluminado apenas por la luz mortecina de la tarde.
El abuelo, ya con los cabellos blancos como la nieve y la piel marcada por arrugas profundas, golpeó el escritorio con la fuerza que aún le quedaba.
La madera resonó como un eco de autoridad, pero el impacto se quebró pronto con una tos violenta que lo sofocó.
Amadeo, siempre alerta, corrió hacia él para sostenerlo.
—¡Padre, cuidado! —exclamó, con el rostro crispado de angustia.
Aníbal, de