—Silvia… ¿Qué haces aquí? —preguntó Aníbal con frialdad, aunque su mirada se oscureció al verla aparecer de repente en la sala, con esa sonrisa que siempre escondía veneno.
Silvia curvó los labios en un gesto de falsa amabilidad, uno tan calculado que resultaba incómodo incluso para quienes no la conocían.
—Mi familia y yo hemos aceptado la boda —dijo con voz dulce, impostada—. Sabemos que los Dubois y los Solís siempre han estado unidos por una gran amistad, por una complicidad que nadie puede