Jessica conducía su auto con el corazón latiéndole con furia, los dedos apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El auto de Abril estaba unos metros delante de ella, y sus ojos, desquiciados por los celos, no se despegaban de él.
—¿A dónde vas, pequeña zorra? —murmuró con veneno, como si Abril pudiera oírla—. Lo sé… vas a ver a tu amante. ¡Lo sé! No vas a quitarme a Gregorio, ¡no ahora! He hecho demasiado para tenerlo. Él no volverá a ti. ¡No lo permitiré!
Pisó el acel