Amadeo la sostuvo con cuidado mientras la guiaba hasta su auto.
Abril estaba exhausta, vulnerable, como una flor marchita tras la tormenta.
Durante el trayecto, él no dijo una palabra. Conducía con el ceño fruncido, como si no se permitiera pensar demasiado, como si el solo hecho de tenerla cerca le pesará... o le quemará.
Cuando llegaron a su casa, Amadeo la cargó entre sus brazos y la llevó directo a la habitación.
La recostó con delicadeza sobre la cama.
Se quedó un momento observándola.
La p