—Hasta que te dignas a venir—dijo Adeline al hombre frente a ella.
—He estado ocupado—se defendió el susodicho, con un encogimiento de hombros—. No tengo tanto tiempo libre como tú.
—¿Como yo? ¿De qué hablas, Humberto?
—De que siempre has sido una haragana.
—¡No seas insolente!
—¿De qué te ofendes?—soltó sin pudor—. Siempre preferiste quedarte a holgazanear en casa.
—Pues estás equivocado si eso piensas—le aclaró—. Siempre quise trabajar, pero tus creencias machistas me lo impidie