Lía se desplomó en el suelo, con el vestido arrugado bajo ella. Parecía una mujer recién hecha pedazos, con lágrimas corriendo por sus mejillas y sollozos rebotando por los escalones del juzgado.
—Jugaste a ser la inocente —le dije con frialdad—, pero nunca lo fuiste. Mentiste. Me culpaste por lo que tú hiciste. Y ahora... solo estás furiosa porque ya no puedes mantener enterrada la verdad.
Elías la sostuvo en sus brazos y me lanzó una mirada cargada de asco. Y también de algo más, de decepción.