Se detuvo, como si acabara de ganar una batalla.
—Lo sabía. Solo fingías que no te importaba.
—No —le respondí, serena—. Solo quería decirte que mañana te espero en el juzgado. Iré con mi abogado. Vamos a firmar el divorcio antes de que se te ocurra arrepentirte.
Su boca se torció en una mueca de rabia.
—Perfecto. No veo la hora de librarme de ti. Eres malvada y manipuladora. ¿Quién carajos querría amar a alguien como tú?
Y con eso, se marchó a paso firme, arrastrando detrás a su damisela rota.