Los ojos de Elías se oscurecieron. Apretó tanto la mandíbula que por un segundo creí que le iban a crujir los dientes.
—¿Estás segura de que quieres seguir con esto? Vine hasta aquí y me disculpé. Ni siquiera hice nada malo. No sigas tentando tu suerte.
Solté una risa baja.
—Deja de fingir que viniste por amor. Los dos sabemos la verdad. Solo querías que volviera a casa, para seguir siendo la criada abnegada que atiende a su supuesta familia.
Y ahí sí.
Los puños se le cerraron, la rabia contenid