Esa noche salí de casa. Sergio no estaba, pues las ventanas de su casa estaban completamente a oscuras.
Cuando Alejandro me llamó, yo ya estaba en la sala de espera de la estación.
Esta vez no elegí viajar en avión, sino por el contrario en tren de alta velocidad.
Aunque tomaría más de dos horas, me gustaba la sensación de estar en tierra firme, eso me hacía sentir más segura que flotando en el aire.
—Sara, el carro está reparado. Dime dónde estás y te lo llevo —la voz de Alejandro era moderada