Cuando Sergio y yo bajamos del auto, Mariana estaba leyendo en la mecedora del patio. La brisa movía con suavidad su falda, creando una escena casi irreal, como sacada de un inigualable sueño.
Estaba tan concentrada en su lectura que ni siquiera notó cuando estacionamos en la entrada, hasta que Mateo la llamó:
—Mariana, ¿adivina quién llegó?
—Mateo, con ese cacharro tuyo que suena como tractor, ni necesito mirar para saber que eres tú —respondió Mariana, haciéndome soltar una fuerte carcajada.
M