Me tensé. ¡Rayos! ¿No estaría pensando en hacerlo otra vez?
Vaya con la carne que llama... ¡a decir verdad sí que somos esclavos de nuestros deseos!
Y cuando pruebas el fruto prohibido, ya no hay vuelta atrás - es como una adicción.
Hasta el más estirado y soberbio cae rendido ante estas tentaciones. Ahora entiendo por qué en todas las historias los dioses acaban sucumbiendo a las pasiones terrenales.
Al final, por mucho que nos creamos superiores o civilizados, el amor y el deseo son nuestra ma