Las mismas palabras sonaban diferentes ahora, solo quedaba la ironía.
—Lo sé muy bien—hice una pausa—. Después de todo ya no soy la mocosa inocente de antes.
Carlos entendió el mensaje oculto y sonrió con amargura:
—Me preocupo demasiado.
Me quedé callada y él añadió:
—Ten cuidado al caminar, no te distraigas.
Asentí, recordando repentinamente mi sueño donde él estaba cubierto de sangre.
Verlo ahora en el hospital me inquietó y pregunté instintivamente:
—¿Qué haces aquí?
Sus labios se movieron,