Al decir esto, Sergio apretó más mi mano mientras sus pupilas se contrajeron, algo indescifrable cruzó por sus ojos.
Luego la fuerte presión en mi mano desapareció; me había soltado.
Me aparté al instante, frotándome donde me había apretado:
—Ya corregí todo lo que marcaste, ¿quieres revisarlo ahora?
Sergio no se movió, seguía recostado en el sillón y hasta cerró los ojos:
—No hace falta, ve a descansar.
—Ah, buenas noches —tranquila me di la vuelta.
—Sasa —de repente Sergio me llamó.
Me tambale