40. El plan de nochebuena de Dimitri
—Los mataste —repito, como si decirlo en voz alta pudiera hacerlo menos real.
—Te ves pálida —comenta, como si fuera un simple detalle, ajeno a la devastación que siento.
—¡Eres un maldito asesino!
—¡Sí! —grita, con una mezcla de exasperación y desafío—. Era obvio que no iban a venir con nosotros.
—¡Pudiste buscar otra forma de librarte de ellos! —le reprocho, mi desesperación aumentando con cada palabra.
—¡Mis demonios no están para estupideces! —su respuesta es feroz, cargada de una oscuridad