La casa a la que Dante llevó a Ivana era aislada y silenciosa de una forma que no asfixiaba. Ella se sentía segura a pesar de todo lo que acababa de vivir.
Dante cerró la puerta detrás de ellos sin poner llave.
Ese detalle —mínimo, casi invisible— la golpeó más fuerte que cualquier promesa.
—Puedes descansar —dijo él—. Nadie va a entrar. Nadie va a decidir por ti aquí.
Ivana dejó el bolso en el suelo. Permaneció de pie unos segundos, como si su cuerpo no supiera aún cómo habitar un espacio sin