La carta arrugada ardía en las manos de Dante.
La furia que lo atravesó fue tan silenciosa que resultó más peligrosa que cualquier arrebato.
Leyó cada línea tres veces. Analizó la presión de la tinta, el trazo firme, la ausencia de titubeos. Ivana no había sido forzada. Había decidido irse. Y eso era lo único que no estaba dispuesto a perdonar.
Apoyó la carta sobre el escritorio con cuidado y se levantó.
—Cierren el perímetro —ordenó—. Todo.
La habitación se llenó de movimiento. Teléfonos, pant