Ivana golpeó dos veces la puerta del estudio de Dante y entró sin esperar respuesta.
—Necesito hablar contigo —dijo, entrando.
Dante alzó la vista de los documentos que revisaba en esos momentos. Sus ojos, afilados; la camisa, impecable; el reloj, marcando la misma precisión con la que él imponía su mundo.
—Cierra la puerta —pidió, tranquilo.
Ivana no obedeció. La dejó entreabierta a propósito.
—No voy a vivir a ciegas. —soltó, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. ¿Tus “negocios”? Quiero