Desesperado por no encontrarla en los sanitarios, el humor de Viktor comenzó a escalar a niveles que solo él y sus hombres podían comprender. La serenidad que había mantenido se desmoronó, fue devorada por la ira ardiente de no hallar a Alina en ningún rincón del área donde se suponía que debía estar. Su respiración se volvió errática, su mandíbula se tensó, y su paciencia, ya frágil, se rompió como un cristal hecho añicos.
—Maldita cría… —bufó entre dientes, su voz solo destilada signos de ame