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CAPÍTULO 3 MAKTUB

EVANGELINE

Lousiana, 1 año después

Nueva Orleans, actualmente.

Cuando el mes de octubre comienza, también lo hace el Halloween; todo mundo ama las festividades, sobre todo aquí en Luisiana.

Todo aquel que viva en Nueva Orleans lleva la fiesta en las venas, es una verdad coloquialmente conocida.

Estoy preparándome para irme de fiesta con mis amigas, en pleno miércoles laboral; pero, honestamente ¿A quién le importa esa m****a cuando está dolido?

Este mes es especial, ya que puedes disfrazarte de lo que quieras y ¿Quién puede juzgar?

Quizá solamente mi vecina de piso, es bastante religiosa.

Pero me importa el carajo, me gusta como me veo, este disfraz de arcángel me queda de puta madre. Telas blancas y suaves sobre mi piel canela.

Me coloqué el antifaz.

Una vez que decidí aprobarme frente al espejo, le llamé a Riri.

—¿Dónde estás? —pregunté mientras me ajustaba la bolsita en mi muslo (para mis cosas).

—Estoy saliendo de mi casa—se escuchó ruido de llaves—¿Paso por ti?

—Por favor—le rogué.

—Dame cinco—y colgó.

 Entonces me llegó un mensaje, el ícono tenía un corazón. Rodee los ojos y bloquee la notificación.

No sucumbiré a sus ruegos, hoy no, Karter puede irse a la m****a… por ahora.

Respiré profundamente, intentando alejar los recuerdos de esas discusiones que he tenido con él.

Al poco tiempo Riri llamó.

—Trae tu trasero abajo— Ya está afuera, en pocas palabras.

Intenté no hacer ruido cuando pasé por la puerta de mi vecina, pero sabía muy bien que estaría viéndome por la mirilla.

Porque aparte de eso era muy chismosa.

Le tiré un beso antes de bajar corriendo. La escuché salir de su departamento.

—¡El señor te va a castigar, impúdica! —gritó a los cuatro vientos.

Llegué hasta Riri, quien había escuchado los gritos de la religiosa.

—¡Súbete, perra o te llevará el diablo! —arrancó el auto aun carcajeándose.

Me peleé un poco con las alas para poder entrar.

—Arranca—me reí con fuerza.

—Eve, deberías mudarte, esa mujer algún día va a provocar un alboroto.

Resoplé.

—¿Por qué debería ser yo la que se mude? —refunfuñé—. Además, la renta es buena.

Esperamos el paso del semáforo.

Cambió de tema.

—¿Cómo te sientes? —preguntó refiriéndose a mi pelea con Karter.

—Un poco mejor—tragué en seco—, aún me duele la cabeza de solo pensar…

— Eve… sé que lo sabes, porque te lo hemos dicho miles de veces, pero…

—Sé que es un imbécil—dije lastimera.

Había una pesadumbre en mi pecho.

—Esto debe terminar—insistió—, él no debe tratarte de esa manera—me quedé en silencio. Sé de lo que habla, y también que lo que dice es cierto, pero ¿Por qué se me hace tan difícil hacerlo? —Verás que hoy te olvidarás de ese imbécil.

Masajee mi cuello.

—Eso espero.

Dejamos el tema de lado.

Comenzar a pensar en Karter solo hacía que la respiración me faltase y que mi actitud de perra bajase por los suelos. 

Sé que suele decir cosas que puedan herirme, pero… hay una parte de mí que no quiere terminar con él, es bueno, en el fondo es bueno, lo sé.

—Las chicas nos están esperando—comenzó a decir sacándome de mi ensoñación—, consiguieron buenos asientos.

El club HÍMERO, mejor conocido en la ciudad como uno de los excelentes, magníficos y espectacularmente necesitados clubes para mujeres o coloquialmente llamado “solo para mujeres”.  Suele tener cierto número de reservaciones, abierto casi todos los días, para conquistar los corazones y los bolsillos de cuantiosa mujer necesitada de una excelente noche.

Alcohol, música y cuerpos esculpidos con movimientos sugerentes ¿Qué mejor que eso? ¡Es un paraíso!

En cuanto llegamos, Orión (Riri) le dio el nombre de Angie al cadenero y este nos dejó pasar sin chistar; mientras escuchábamos los gritos de protesta de las otras mujeres que esperaban en la fila.

Había algo en mi sangre que bullía con la adrenalina de hacer algo “atrevido” después de tanto tiempo, era refrescante. Caminamos por un amplio pasillo oscuro iluminado apenas con luces neón rosadas; letreros brillantes del mismo color “Esta noche” “Sexy” “Abandona aquí todo pensamiento virgen” “Quítame lo que quieras”

—Uf, que caliente—solté abanicando mi mano, en un vago intento por quitar este calor picante.

Riri se echó a reír al traspasar las largas portezuelas doradas, mis ojos se llenaron de esplendor

¡Las puertas del cielo!

Chicas disfrazadas, bailando, bebiendo y rodeando a chicos que bailaban con nada más que una diminuta tanga, sacudiendo las caderas haciendo que sus preciosos paquetes se sacudieran, y esas nalguitas relucientes de aceite se menearan. 

Encerrados, por supuesto en jaulas. 

—¡Es el paraíso! —canturreó Orión. Los chicos se sacudían y arrastraban, mostrando esas poses flexibles y masculinas, Músculos y bolas por doquier. Hum—. Vamos a buscarlas—Orión me arrastró a pesar de protestar.

—¡Aquí, Sugar, Riri, por aquí! —llamaron mis otras amigas.

Estaban ya a los pies del escenario, excelentes asientos como habían prometido. Llegamos a su lado.

—Tardaron siglos—protestó Cherrel.

—Llegaron justo a tiempo—Angie nos acercó un par de cocteles.

Charlene y Reize bailoteaban embelesadas por los enjaulados, tirándoles dólares.

—¿Para qué? —pregunté sin dejar de mirar a los preciosos enjaulados.

—Para…

—Tercera llamada—dijo una voz por los altoparlantes, era una voz masculina que fingía ser seductora—. Nuestros números de la noche, comenzarán a deleitar sus preciosas pupilas—gritos de mujeres, las luces se apagaron—.  Porque esta noche, mojaremos sus bragas y aflojaremos el sostén. Preparen esas manos inquietas que aquí llegan… —un reflector enfocó hacia el telón, hielo seco comenzó a vaporizar el escenario, música sexy comenzó a sonar ¿Quién más no se encontraba excitada con esto? —aquí llegan… aquí están… porque ustedes los pidieron.

El telón comenzó a abrirse, apareciendo uno a uno los bailarines, sin mostrar el rostro, había un policía, un doctor, un sacerdote, un marino, y un vaquero.

—¡Aquí, aquí! ¡Castígueme padre!

—¡Arrésteme!

—Yo quiero hacerle una vaquera.

—¡Revíseme doctor!

Los gritos de todas llenaban el lugar, llovían dólares y la ropa volaba, se peleaban por tomar la ropa de esos preciosos monumentos.

Entre cocteles, bailes y sudor de papacitos, nos pasamos el resto de la noche. Reize y yo terminamos bailando sobre la barra para ganarnos una botella gratis.

Orión se ganó un baile privado.

Me encontraba lo suficientemente ebria como para tambalearme hasta el baño, había una larga fila. Me topaba con la pared y algunas chicas de paso.

Encontré a otras que se besuqueaban en un rincón.

Vaya, las cosas si que están calientes en el paraíso.

Entonces sentí mis muslos vibrar, rayos ¿Me traje el juguetito?

Me toquetee.

¡Ah, mi celular!

Fruncí el ceño en cuanto divisé el nombre “Chocolatito corazón”

Ignoré la llamada, mientras seguía esperando en la fila.

Espera un momento, Karter … ¡Se acordó de mí!

De nuevo otra llamada.

Entonces ¿quiere arreglar las cosas?

Bueno, esa pelea… no, esa discusión no fue para tanto ¿o sí?

Pero… si insiste en la llamada… él me extraña.

Trastabillé lejos de la fila, buscando una salida urgentemente; apenas y divisé la salida de emergencia. Salí rápidamente hasta dar con una puerta que empujé y esta daba hacia el callejón posterior del club.

Con la poca luz, intenté contestar la llamada, pero esta terminó antes de hacerlo.

Demonios, no tengo crédito. Debo esperar… él me llamará de nuevo.

Me abracé; esperé bajo el umbral de aquella salida, estaba lloviendo ligeramente. 

Pero no volvió a llamar.

Intenté hacerlo, con esa esperanza estúpida de que una fortuita llamada se hiciera, pero, obviamente, fue en vano.

¿Se equivocó? ¿Se hartó de mí? ¿Me dejó? ¿No le importo?

Si no le importo… entonces a mí tampoco me puede importar.

—Que se vaya—hipé—, a la m****a.

Intenté empujar la puerta, pero ya no se abría.

—¡Mierda! —toqué con fuerza—¡Alguien, abra! —empujé de nuevo.

Maldición.

Me reí con ironía, ah, solo puede pasarme esto a mí.

¿Entraré de nuevo por el frente?

Solo tengo que decir el nombre de mi amiga y listo.

—Angie, debo decir Angie.

Debía correr para no empaparme.

Tropecé un par de veces, pero me refugié bajo el techado de la parada de autobús. La entrada no estaba lejos, pero la lluvia comenzó a caer con fuerza.

Me percaté entonces de que había un tipo uniformado.

Oye… lo conozco, es uno de los que estaban bailando… ¡Ah, sí, el marino!

—No puedo creer… que vayas a casa con el uniforme.

Él se giró, apenas y pude verle el rostro, el gorro y la poca luz no me dejaba verlo.

—¿Disculpa?

Esta puede ser una buena oportunidad para mí.

—Oye—ya envalentonada—, ese meneo de caderas… ¿puedes enseñármelo mejor a—hipé— solas? —me reí.

Intenté posar sexy.

Sí, puedo pasarla mejor con este lindo bailarín. Me tambaleé acercándome hacia él.

—Vi que tienes un buen culo—bajé mi mano hacia él—, se nota que te gusta hacerlo muy duro— ¡Dios, sí que lo tiene firme! Él no se movió, restregué mi pecho sobre el suyo—¿qué dices? Incluso, pagaré.

Unos segundos se quedó quieto, entonces, esbozó una sonrisa leve.

¿Por qué no puedo verle el rostro completo?, intenté mirarlo a los ojos.

Un auto se estacionó frente a la parada.

—Vamos—me tomó con fuerza de la cintura, se inclinó hacia mi oído—, te mostraré lo rudo que me gusta hacerlo.

Un frio me recorrió la espalda. Me dejó sin palabras.

Me subió al auto, sin soltarme le indicó al chofer dónde ir, no presté atención, solo me acurruqué en el pecho de ese marino, olía muy bien ¿Se habrá dado una ducha antes de ir a casa?

Como sea, esa colonia que usa me está embriagando más.

Él deslizó su mano bajo mi cintura, apretando mi culo. Di un respingo, hundí mi boca en su cuello, le di un lengüetazo en su manzana de Adán.

No hubo intercambio de palabras, solamente un par de toqueteos.

Hasta que se detuvo el auto y me hizo bajar.

Llevaba una maleta consigo, ¿tiene más disfraces?

Era un hotel.

Dejé de prestar atención hasta que llegamos a la habitación.

Dejó la luz apagada.

Lazó su equipaje y me tomó por el cuello para besarme.

—Para ser un lindo ángel—masculló entre mis labios. Pasó las manos por mis hombros—, tus alas se pueden quitar muy rápido.

Lo empujé replegando su espalda en la pared.

—Ya dejé de hablar marino y muéstreme esos movimientos de caderas, es una orden.

Soltó una risa baja, apenas podía verlo, mis ojos ya se estaban adecuando a la oscuridad.

—Esas son unas dulces órdenes. 

Me lanzó hacia la cama, me quedé sin aliento por un momento, solo para que él se lanzara sobre mí besándome, mordiéndome los labios.

Me arrancó las alas.

Le quité su saco, mojado por mi vestido empapado.

Mi piel se erizaba bajo su toque caliente. Sus manos blancas se perdieron bajo mis bragas, haciéndome retorcer.

Apenas podía verle el rostro, mi cabello me cubría la visión y el alcohol no ayudaba mucho. Pero lo disfrutaba.

Me gustó sentir sus labios sobre la piel de mi cuello. Sus dientes rasgando mis pezones.

Me giró boca abajo, elevando mis caderas.

Escuché su ropa caer y lo sentí posicionarse tras de mí.

Aferré las sabanas con fuerza.

Sus manos presionaron los costados de mi cintura y se hundió de golpe.

—¡Oh! —gemí con fuerza.

Él continuó con ese ritmo, fuerte, presionándome. La espalda comenzaba dolerme, pero… pero era delicioso.

Me tomó del cuello por detrás, levantándome un poco para quedar a su altura mordiéndome el hombro.

Penetrándome profundo y fuerte.

Su respiración en mi nuca y sus jadeos en mi oído.

—¿Esto es lo que querías, ángel?

—¡Ah, sí!

El sudor cubría nuestros cuerpos, esa respiración suya, esas mordidas en mi piel, me estaba volviendo loca.

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