GIANNA RICCI
Corría por las calles de noche, entre risas y jugueteos, con Matías de mi mano. Nos metimos a un callejón y me asomé para asegurarme de que nadie nos había seguido.
Agotada apoyé la espalda sobre la pared, con la respiración agitada y los muslos ardiendo. Mi padre había enviado un par de hombres para seguirme y asegurarse que cumpliría con sus órdenes. De pronto una sombra se cernió sobre mí, cubriéndome de la luz de luna. Levanté mi mirada hacía el perfecto rostro varonil mientras