GIANNA RICCI
Me sentía horriblemente mal y no era ninguna amenaza de aborto. Estaba mareada, nauseabunda, pálida, triste y sin ilusiones. La señora Ricci había intentado traerme todos los platillos que Gianna solía disfrutar, pero no era suficiente para quitarme las ganas de vomitar, por el contrario, algunos se me hacían asquerosos, aunque supuse que, en otro momento, no sería así.
—Mi niña, ¿qué se te antoja? No hay mejor manera de quitarte las náuseas que complaciendo antojos, pero parece qu