LEONEL ARZÚA
Al llegar a la casa de los Ricci, llevé en brazos a Evelyn hasta su habitación, depositándola con sumo cuidado en la cama. Sus enormes ojos azules me veían con intensidad, su mirada agradecida y gentil era la misma que había visto tantos años en mi esposa. Evelyn siempre encontraba la forma de recordarme que se trataba de ella encerrada en ese cuerpo.
—Esto es una locura… —dijo el señor Ricci furioso en el umbral.
—Amor, hay que apoyarla, si esto es lo que quiere, que así sea —ins