Mundo ficciónIniciar sesiónMientras tanto, en una zona decadente de la ciudad, Jaxon Thorne salía cojeando por la puerta trasera de un club de boxeo ilegal. Aquí, la luz del sol nunca llegaba a tocar el suelo, bloqueada por los decrépitos edificios que se apretujaban unos contra otros.
El hedor del estrecho callejón le perforó la nariz, una mezcla putrefacta de basura, orina y metal oxidado. El aroma de la derrota y la desesperación. Una llovizna fría, típica de Seattle, comenzaba a caer, empapando su cabello negro, que estaba pegajoso por el sudor y la sangre. Su sangre, y la sangre de su oponente. Podía sentir el sabor metálico en su boca, mezclado con saliva.
Se apoyó contra la húmeda pared de ladrillos, intentando regular su respiración superficial y dolorosa. Cada bocanada de aire se sentía como miles de agujas clavándose en sus costillas fracturadas. Su visión aún estaba un poco borrosa y la mandíbula le palpitaba con fuerza. El dolor era un recordatorio constante de que seguía existiendo, de que aún podía sentir algo más que el vacío.
Maldición. Había sido demasiado imprudente al aceptar esa pelea. Sus emociones lo habían dominado esa noche, volviéndolo descuidado.
El teléfono vibró en su bolsillo. Haciendo una mueca de dolor, rebuscó para sacarlo. Era un mensaje de Knox, su mano derecha.
Knox: ¿Ganaste? Tu victoria vale 50 mil dólares esta noche.
Jaxon resopló y luego escribió una respuesta con una sola mano. Le escocían los nudillos destrozados al tocar la pantalla. La carne estaba abierta, mostrando un rojo vivo y doloroso.
Jaxon: Transfiere el dinero a la cuenta de siempre. Me voy a casa.
Knox: ¿Estás bien, Jax? Escuché que The Butcher casi te mata.
Jaxon leyó el mensaje y luego apagó el teléfono sin responder. No necesitaba compasión. El dolor era lo único que lo hacía sentir vivo. Empujó su cuerpo para separarse de la pared y comenzó a caminar cojeando hacia donde había estacionado su motocicleta.
Tenía que volver a casa. Volver a esa jaula de oro que tanto odiaba. Volver a la casa que ahora estaba habitada por la nueva mujer de su padre y su hija.
Pensar en ellas hizo que le hirviera la sangre, superando su dolor físico. Eran unas intrusas. El símbolo de la traición de su padre a la memoria de su madre. Las imaginó caminando por los pasillos de su casa, tocando los muebles de su madre, manchando cada rincón con su presencia.
Niñita, pensó Jaxon con cinismo, recordando el nombre que su padre había mencionado. Elara. Un nombre que sonaba demasiado suave, demasiado alegre para su casa, que llevaba tanto tiempo muerta. Llegó a su motocicleta deportiva negra como el carbón, una Kawasaki Ninja H2 que parecía un depredador feroz en medio de la oscuridad. Encendió el motor. El rugido brutal de la máquina rasgó el silencio de la noche, un grito de ira que representaba todo lo que albergaba su corazón.
***
—Bienvenidas a la Residencia Thorne, señora Sarah, señorita Elara.
La voz del mayordomo, el señor Harrison, era monótona y carente de emoción. El hombre hizo una leve reverencia, pero sus ojos no mostraban ni una pizca de calidez. Su mirada era fría y calculadora, como si estuviera midiendo su valor.
Elara cruzó el umbral de la puerta y contuvo el aliento. El interior de la mansión era diez veces más majestuoso de lo que parecía desde fuera. El suelo de mármol blanco marfil era tan brillante que podía ver el reflejo de su pálido rostro. Una escalera de doble curva se elevaba con gracia hacia el segundo piso, revestida con una gruesa alfombra roja. Sobre su cabeza, colgaba un candelabro de cristal gigante, que refractaba la luz en todas direcciones como si fueran miles de diamantes.
Pero había algo que no encajaba. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral. Demasiado silenciosa. Los pasos de sus tenis resonaban como un grito en medio de esa grandiosa quietud. Y el aire era frío. No un frío provocado por el aire acondicionado, sino un frío que calaba hasta los huesos, como si esta casa no tuviera alma.
—Sus habitaciones han sido preparadas en el Ala Oeste, señora —continuó el señor Harrison—. Si necesitan algo, por favor comuníquense con el personal a través del intercomunicador. El desayuno se sirve a las ocho, el almuerzo a la una y la cena a las siete en punto. —Un horario rígido, como el de una prisión de lujo.
—Gracias, señor Harrison —respondió Sarah; su voz se escuchó diminuta en aquella estancia inmensa.
—Por supuesto. —El señor Harrison giró levemente la cabeza hacia Elara—. Señorita Elara, debo recordarle que el Ala Este es el área privada del joven amo Jaxon. Está estrictamente prohibido que alguien pase por allí sin su permiso.
La advertencia sonó formal, pero Elara percibió una sutil amenaza detrás de sus palabras. Una línea invisible había sido trazada firmemente sobre el suelo de mármol.
—Yo... lo entiendo.—Excelente.
Mientras el señor Harrison le hacía una seña a otro empleado para que se llevara sus maletas, Elara miró a su alrededor. Vio un gigantesco jarrón de porcelana vacío en la esquina del salón. Pinturas de paisajes lúgubres colgaban de las paredes. Todo era perfecto, costoso e impecable. Sin embargo, no había ni una sola foto familiar. No había risas. No había calidez.
Esto no era un hogar. Era un museo. Un mausoleo construido en memoria de la mujer que ya no estaba.
Elara Hayes se quedó de pie en medio de aquel frío vestíbulo, sintiéndose como una intrusa en un paraíso falso. Observó su reflejo en el suelo de mármol; una chica común y corriente con grandes esperanzas, completamente ajena al hecho de que el demonio que habitaba en este paraíso, cargando con heridas recientes y una vieja ira, estaba acelerando su motocicleta a través de la lluvia. Y que iba camino a casa. Dos mundos que jamás debieron encontrarse, ahora forzados a convivir bajo el mismo techo, esperando la primera chispa que lo incendiaría todo.







