La mano de Marco se cerró alrededor de la suya con la firmeza de quien conocía exactamente la presión perfecta: suficiente para transmitir posesión, suave como para prometer ternura. Sus dedos, largos y cálidos, se entrelazaron con los suyos mientras su pulgar trazaba círculos microscópicos sobre el dorso de su mano, un gesto tan pequeño que podría haber sido accidental, pero que enviaba ondas de electricidad directamente a su vientre.
Con un movimiento fluido que hablaba de años de experiencia