Lucía se aferraba al brazo de Sofía como un náufrago a su salvavidas, intentando mezclarse entre la multitud que se agitaba al ritmo de una música que parecía tener más bajos que toda la discografía de los últimos veinte años. El aire estaba tan cargado de perfume y misterio que casi se podía cortar con un cuchillo —o con las uñas de acrílico de cualquiera de las mujeres que la rodeaban—.
Sus ojos, acostumbrados a la luz fluorescente y despiadada de la oficina donde pasaba más horas que un vamp