Sofía siguió hablando, pero su voz se había convertido en un murmullo de fondo para Lucía, como el sonido de la lluvia contra la ventana. Necesitaba un empujón para desinhibirse, pensó, recordando cómo Sofía siempre la había visto: la amiga tímida que vivía en la periferia de la vida, observando desde las sombras mientras otros tomaban los riesgos.
Pero yo ya no soy esa persona, pensó Lucía, y la constatación llegó con la fuerza de una revelación. Ya no soy la que necesita empujones. Soy la que