El traslado a la casa de seguridad de los Di Santi fue un viaje a través de una pesadilla de la que Valerie no podía despertar. El cuerpo le pesaba, las marcas de la violencia cubrían su piel y el alma se le había desmoronado por completo. Al llegar, la instalaron de inmediato en un quirófano e instalaciones médicas clandestinas perfectamente equipadas, donde un médico de confianza de la familia hizo todo lo posible por estabilizarla.
Pero el daño físico y el impacto emocional de la agresión fu