La penumbra de la habitación principal solo era iluminada por el tenue resplandor nocturno que filtraba el ventanal. Sobre la cama, la tensión acumulada, las lágrimas y las dudas terminaron de disolverse en el aire cuando los labios de Thiago volvieron a unirse a los de Anaís con un fuego que les quemaba el pecho. La besaba con una devoción casi religiosa, devorando su boca en un ritmo lento, denso y profundo que hacía temblar a Anaís desde la punta de los pies. Sus manos, antes temblorosas por