En la sede principal del clan Ling, a kilómetros de distancia, la atmósfera era de una frialdad sepulcral.
Mein Ling estaba sentada en su trono de madera tallada. No le importaba el estado de salud de Angelo; para ella, la noticia de su colapso cardíaco no era más que una "debilidad biológica" que debía aprovechar antes de que el patriarca Di Santi volviera a levantarse.
Apretó el teléfono encriptado con sus uñas perfectamente manicuradas y realizó la llamada a los emisarios de la mafia italian