Capítulo seis.
Ocho de la mañana y la avenida principal de New York es un puto desastre.
Lo único que pueden escuchar mis oídos son las bocinas de los coches atascados en medio del trafico que no se mueve, por ende, tengo que apurarme a cruzar al otro lado de la calle por medio de estos, intentando no recibir ningún tipo de insulto.
Justo cuando piso con mi tacón el cordón, la fila desciende.
Respiro hondo. El sol a esta hora da de lleno a mi rostro maquillado, haciendo que tenga que achinar los ojos en busca