Clara
El salón del Hotel Gran Esmeralda destellaba con una luz dorada que no lograba calentarme. Era un lujo gélido, como si las lámparas de cristal y las mesas impecables ocultaran un filo invisible. Mi vestido negro, el moño tirante, los tacones altos: todo era una armadura inútil frente al nudo de ansiedad que me oprimía el pecho. Cada paso sobre el mármol resonaba como un eco delata-silencios. Estaba expuesta, rodeada de elegancia hostil, en un lugar donde nadie parecía estar realmente a sal