—Señorita Viel —llamó el conserje desde su caseta, agitando un sobre negro con los dedos manchados de tinta—. Llegó hace un momento. Lo dejó un repartidor. Dijo que era urgente.
Me detuve en seco.
El aire frío se coló por el cuello de mi abrigo, pero el temblor no vino del clima.
El sobre no era solo una carta.
Era una advertencia disfrazada de cortesía. Una amenaza envuelta en papel satinado. Mi nombre brillaba en tinta lustrosa, la caligrafía tan perfecta que parecía escrita por alguien que me