Mundo ficciónIniciar sesiónSubí al carro, Alfa Ryan arrancó en silencio. El carro estaba tan silencioso que podía incluso escuchar su respiración. Así pasaron largos minutos. Mantuve mis manos en mi regazo y me dediqué a mirar el paisaje. De repente su voz tompió el silencio
- Perdón.
Sus palabras me hicieron voltear a verlo. El Alfa Príncipe heredero al trono del Rey Licántropo me estaba pidiendo perdón.
- ¿Qué? - Me maldije al decirlo. Debía ser extremadamente difícil para él decirlo y yo, “la omega” obligándolo a decirlo nuevamente.
- Siento que hayas escuchado esa conversación… mi padre y yo estábamos alterados.
- Pero dijiste la verdad - dije con un tono inanimado - Soy una Omega, híbrida y sin lobo. No puedo ofenderme con la verdad. O tu te ofendes cuando te dicen ¿Príncipe Alfa? - Ante mis palabras, esbozó una sonrisa hueca.
- Bueno… la corona a veces pesa.
- El pasado también… - confesé. Giró a verme, yo miré hacia el frente para esquivar su mirada - Fui una Beta, iba a ser una Luna. Pero la verdad es… que esto es lo que soy. No busco posición ni nobleza… Cuando Ethan me rechazó, podría haberme quedado. Cuántas omegas aceptan ser amantes de sus Alfas, solo por mantener una posición. En el momento en que me rechazó lo vi en sus ojos, eso era lo que él quería. Se vio muy decepcionado cuando me vio rechazarlo a él como pareja y Alfa, y rechacé la manada para convertirme en rouge.
- Jamás dijiste que habías rechazado a tu Alfa y tu manada. Podrías haber muerto - dijo Ryan Morgan. Volteé y me encontré con sus ojos, había algo en ellos, una luz diferente - Estás loca en verdad.
- Tal vez… - comenté - Siento que hayas tenido problemas por mi, Alfa.
- No fue nada grave en verdad… Mi padre levanta la voz, todo el tiempo. A la larga te acostumbras.
Creí que ese momento en el carro, suavizaría un poco las cosas entre nosotros. Estaba muy equivocada.
Aquel día me mudé a los dormitorios del campus. Mis días empezaron a transcurrir: Mediación y estrategia en las mañanas, en las tardes, Alfa Ryan barría el suelo conmigo, yo fallaba inútilmente y luego, a la cama a intentar recomponer mi adolorido cuerpo… al menos, intentar.
Y es que con cada día y cada semana de entrenamiento mi loba se sentía más fuerte y más pesada, empujando cada vez más fuerte para salir de la prisión en que la tenía encerrada.
- ¡Voy a morir antes de ver que terminas un ciclo de entrenamiento bien, Taylor! - Escuchaba a Alfa Ryan decir, mientras intentaba, inútilente, esquivar los golpes de mis tres oponentes.
Durante los primeros entrenamientos, mis compañeros se contenían para no lastimarme, pero “mi torturador” los castigó fuertemente por ser demasiado condescendientes conmigo. Desde ese día, nadie tiene piedad de mis pobres huesitos; que aún ninguno se hubiese quebrado, había sido mi gran hazaña hasta ese momento.
- ¡Ningún atacante esperará el turno para atacar! Deben ser astutos, rápidos… la fuerza no lo es todo, ¡Si son lentos y estúpidos, los derrotarán! - Escuchaba la voz del Alfa Ryan, alias “el verdugo”
Mis compañeros no eran malos conmigo, al menos fuera de los entrenamientos, pero sí, no entendían porque una omega débil que fallaba en todos los entrenamientos, estaba en el grupo de los Elites. Todos allí se habían ganado su lugar matando algunos vampiros o saliendo victoriosos de alguna batalla. Mi mayor logro hasta ese momento, había sido lograr huir airosa y con vida de una. Pero, para ese momento, ya todos me habían adoptado como la “mascota” del grupo. No lo decían abiertamente pero, en caso de ocurrir algún ataque, más de uno estaría dispuesto a defenderme. Después de todo, ¿Qué es de un equipo sin su mascota oficial?
- ¡Vamos, Taylor! ¡No te contengas! - Esquivar, esa era mi meta. Atacar a todos esos lobos gigantes, era un imposible. A su lado yo no era más que una liliputiense. Ryan esperaba que atacara, a costa de mi integridad física - Por la diosa… ¡Ese jabalí que cazaste, debió morir de la vergüenza de enfrentarse a algo como tu!
Sus palabras me hicieron vacilar y recibí un golpe que me derribó. Sentí el silbato y concluyó el entrenamiento. Yo permanecí por unos minutos, como siempre, tirada sobre el césped del campo.
- Lo odio… - murmuré con dificultad.
- Ya somos dos - Dijo Kael, riendo. Me extendió la mano para que me levantara.
- Gracias. Siento que jamás progresaré - dije, incorporándome, con su ayuda.
- No digas eso… hoy esquivaste el gancho al cuello de Mike. Eso es un gran progreso.
- La última vez casi muero desnucada… si no aprendía esa lección, habría muerto esta vez, seguro.
- Ya lo ves… progreso - Dijo entregándome una botella de agua.
- Gracias - bebí, agradecida.
- Ve a las duchas, refréscate… te espero afuera, vamos a beber una cerveza para liberar la tensión.
- De acuerdo. Gracias, Kael.
Como todos los días sentí los ojos de Alfa Ryan sobre mí, al salir del campo, pero, tal como Alfa Ryan había dicho, “a la larga, te acostumbras”







