34.
Cristel

Mi cuerpo se balanceaba una y otra vez mientras miraba a la nada y dejaba que el agua me cayera sobre el cuerpo. Si dejaba de abrazarme a mis piernas, iba a romperme.

La única persona que podía lograr que me recuperara era mi Alba, pero ella se había enamorado de Gian.

—Te odio, te odio, Gian, te odio, me traicionaste, maldito hijo de puta —sollocé.

Maldecía la hora en que accedí a volver a realizar ese juego morboso. Debí prever que Alba sentía debilidad por los hombres, que en cualqu
Anna Roma

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