En la siguiente visita, Claire llevaba el hábito puesto, pero había dejado desabrochado el botón superior de la blusa que llevaba debajo: una pequeña rebelión que nadie más notaría.
Marcus lo notó al instante. Su mirada bajó hasta la fina franja de piel pálida en su garganta.
—Qué valiente, mi niña —la alabó—. Acércate más.
Ella obedeció. La mesa los separaba, pero cuando se sentó, él se inclinó hasta que Claire pudo olerlo: jabón, almizcle y algo salvaje.
—Tócate para mí —susurró—. Aquí mismo.