Su respiración se volvió entrecortada. Sin pensarlo, una mano bajó y presionó contra la parte delantera del hábito, justo donde más dolía el deseo.
—Levanta la falda —ordenó él en voz baja—. Abre las piernas y muéstrame lo mojada que estás.
Claire miró hacia la puerta, con el corazón latiéndole con fuerza. El guardia podía volver en cualquier momento. Pero el riesgo solo la excitaba más. Recogió la pesada tela negra, subiéndola por los muslos hasta que quedaron a la vista las bragas blancas de