El reloj de pared marcaba las tres de la mañana, pero el tiempo para mí no tenía sentido. Intenté cerrar los ojos, buscando esa oscuridad necesaria para descansar, pero apenas mi mente se relajaba, ella aparecía.
Esa niña con sus ojos marrones y su mirada llena de una angustia que me partía el alma. No me dejaba tranquila; aparecía en mis párpados como una fotografía que se niega a quemarse.
“¡Mami, no me dejes! ¡No te vayas!”, gritaba con desesperación en mis sueños, mientras intentaba alcanza