Después de ese estallido, el silencio en el pasillo se sentía como una sentencia. Me quedé allí, plantada, esperando que Enrique me gritara o que, en su defecto, me obligara a regresar a la fuerza a ese cuarto que empezaba a parecerse demasiado a una jaula de oro.
Pero él no hizo nada de eso. Solo suspiró, acercándose a mí con una lentitud que me desesperaba, y me rodeó con sus brazos. Me dejé guiar, más por agotamiento que por convicción, mientras regresábamos a nuestra habitación.
Al entrar,