Unos golpes suaves en la puerta me devolvieron a la realidad. Mis manos temblaban mientras buscaba, a tientas, algún pañuelo o trapo para ocultar el desastre de mi mano.
—¿Papá? —La voz de Sasha, cautelosa pero firme, como siempre—. ¿Estás ahí adentro?
Abrí la puerta, con cuidado, e intente sonreír. Los dos estaban en el pasillo mirándome con esos ojos que lo ven todo aunque uno crea que está disimulando bien.
—¿Qué pasa campeones? —les pregunté.
—Escuchamos un ruido —dijo Mila, asomándose por