La imagen de Katia, pegada al cuerpo de mi hombre, me nubló el juicio de una manera que jamás había experimentado. Sentí cómo una corriente eléctrica cargada de odio puro recorría mis venas, anulando cualquier rastro de miedo o duda.
No me detuve a pensar en protocolos ni en las consecuencias; mis pies se movieron por instinto, impulsados por una necesidad visceral de reclamar lo que es mío y de limpiar la suciedad que ella representaba.
Katia se separó de él al notar mi presencia, con esa sonr