Aterrizamos en Chicago cuando la noche ya había devorado por completo el cielo de la ciudad, cubriendo las avenidas con un manto oscuro que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo.
Bajé las escaleras del jet privado con zancadas largas, subiendo directo a la camioneta donde mis hombres de confianza ya me esperaban con los motores en marcha. El trayecto hacia la estación central de policía fue un recorrido lleno de furia contenida, una carrera contra el tiempo donde cada segundo que pasaba