El aroma de las rosas frescas inunda cada rincón del restaurante y me golpea de repente, recordándome que no estoy soñando. Miro el enorme ramo que Sasha sostiene entre sus manos con una mezcla de recelo y una extraña debilidad que detesto admitir.
—No tenías que hacer todo esto, Sasha; un simple mensaje de texto habría bastado para decirme que querías hablar —digo, cruzando los brazos sobre el pecho, intentando levantar un muro de defensa que sé que es inútil—. Aunque debo admitir que la sorpre