Katia me miró por unos segundos, mordió sus labios y entonces le dio rienda suelta a su actuación; se llevó las manos al rostro y soltó un llanto hondo, de esos que no buscan compasión porque ya no tienen fuerzas ni para pedirla.
—Tú no sabes nada, Nikolái —dijo entre lágrimas, y su voz salió rota, rabiosa, casi irreconocible.
—Explícame —le dije, sin dejar de observarla.
—Tú crees que lo sabes todo porque fuiste el herido, porque quedaste atrapado en ese carro, porque mi ausencia te dio derecho