Mis dedos se cerraron sobre el cuello de su chaqueta antes de que pudiera pensarlo. Lo atraje hacia mí con una fuerza que no me pertenecía, hasta que su espalda golpeó contra la pared y el espacio entre nosotros se redujo a nada.
En sus ojos —demasiado abiertos, demasiado claros— vi reflejado todo lo que me estaba costando no romperme. No era rabia lo que me mantenía de pie. Era la certeza de que, de que no me rendiría, después de todo soy un Ivanoff, y nosotros peleamos hasta ultimo momento.
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