Pasé toda la noche en vela paseando de un lado a otro de la habitación de contemplando aquellas malditas hojas impresas que dictaban mi destino. Leí el documento una y otra vez bajo la mortecina lámpara de noche, analizando cada palabra y cada trampa legal oculta entre los párrafos redactados por sus abogados.
Todo parecía ridículamente simple en la superficie: una firma, tres años de farsa actoral ante el mundo y luego recuperaría mi ansiada libertad junto a mi pequeña Lorena. Sin embargo, en